jueves, 27 de agosto de 2026

Adios a Rubén Rada



La música que somos


Hay músicas que se escuchan.

Y hay músicas que nos explican.

Montevideo tiene una.

Nació en el tambor, caminó por el rock, se vistió de funky,

se dejó llevar por el jazz, y volvió siempre a la calle, al barrio, al candombe.

Botija de mi país, ¿Quién va a cantar ahora esa mezcla tan nuestra de reír cuando duele, de bailar cuando extrañamos, de hacer fiesta con la nostalgia a cuestas?

¿Quién va a decir que las manzanas son más frescas por la mañana, que hay que chistarle al guarda, bizcochar y todavía tener tiempo para mirar todo lo bueno que hay aquí?

¿Quién va a cantarle un candombe para Gardel con la misma naturalidad con que un tamboril llama a la madrugada?

Porque hubo alguien que entendió que el Uruguay no es solamente alegría ni solamente melancolía.

Somos las dos cosas.

Somos el abrazo y la despedida.

La risa y el recuerdo.

La esquina llena y la soledad de la tarde.

Por eso sus canciones no fueron solamente canciones.

Fueron identidad.

Fueron Montevideo, mirándose en un espejo y reconociéndose.

Fueron el barrio subiendo al escenario sin dejar de ser barrio.

Y ahora queda el legado, una música que no pide permiso, que mezcla mundos, que cruza fronteras, que hace bailar al cuerpo y al mismo tiempo aprieta un poco el corazón.

Quizás por eso, cuando suena un tambor y Montevideo se queda escuchando, entendemos algo sencillo, si existe una música capaz de representar al Uruguay,  esa música también lleve el nombre de su gente, de sus calles, de sus tambores, de sus alegrías y de sus nostalgias.

Y entonces sabemos que algunas personas se van, pero lo que dejaron se queda para siempre.

 Queda en la música.

Queda en el barrio.

Queda en nosotros.

 Y queda Montevideo, con su corazón de tambor, cantando bajito

para no olvidar.

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