viernes, 25 de septiembre de 2026

 


¿Por qué me felicitan?

Estuve en una reunión de las que suelo participar. Una de tantas, de esas en las que se habla, se discute, se proponen ideas y, sobre todo, se trabaja.

En un momento, una persona se acercó y me felicitó por mi voluntad. Me dijo que, "pese a mis dificultades", siempre estaba presente y trabajando.

Le agradecí, por supuesto, las palabras y el reconocimiento.

Pero después me quedé pensando.

¿Me felicita porque soy una persona que se traslada en silla de ruedas y eso resulta más importante que el trabajo que hago?

¿No sería importante mi trabajo si no estuviera en silla de ruedas?

La pregunta puede parecer incómoda. Y justamente por eso vale la pena hacerla.

Porque detrás de un elogio que parece amable puede esconderse, sin mala intención, una idea que tenemos demasiado incorporada: que cuando una persona con discapacidad hace algo que cualquier otra persona hace habitualmente, ese hecho merece una felicitación especial.

Como si estar presente fuera extraordinario.

Como si trabajar fuera extraordinario.

Como si participar fuera extraordinario.

Como si tener proyectos, responsabilidades y compromisos fuera una hazaña.

Ahí aparece una de las formas más silenciosas del capacitismo: no necesariamente se manifiesta como rechazo o discriminación abierta. A veces aparece disfrazado de admiración.

“¡Qué ejemplo!”

“¡Qué voluntad!”

“¡Qué increíble que puedas hacer todo esto!”

Son frases que pueden nacer de la buena intención, pero que también pueden revelar algo más profundo: la expectativa previa de que una persona con discapacidad probablemente no podría hacerlo.

Y entonces surge una pregunta todavía más importante:

¿Por qué esperamos menos de una persona simplemente porque tiene una discapacidad?

Una persona que se traslada en silla de ruedas no deja de ser una persona.

Tiene capacidades, limitaciones, conocimientos, defectos, virtudes, responsabilidades, deseos, frustraciones y proyectos.

Hay días en los que necesitará ayuda.

Hay otros en los que no.

Habrá momentos en los que se sentirá fuerte y otros en los que necesitará que alguien le recuerde que todavía puede seguir.

Como nos pasa a todos.

La discapacidad forma parte de la vida de una persona, pero no debería convertirse en su identidad completa.

Una silla de ruedas explica una forma de trasladarse.

No explica una personalidad.

No explica una profesión.

No explica una vocación.

No explica una trayectoria.

No explica un compromiso.

No explica los sueños de nadie.

Y tampoco debería determinar las expectativas que tenemos sobre esa persona.

Por eso hay algo que deberíamos empezar a revisar.

Cuando una persona con discapacidad estudia, trabaja, participa en una organización, hace política barrial, practica un deporte, crea, escribe, se enamora, forma una familia o simplemente cumple con sus responsabilidades, no debería convertirse automáticamente en una historia de superación.

No todo es superación. Muchas veces es simplemente vida.

Y si alguna vez vemos a una persona con discapacidad haciendo algo que pensábamos que no podía hacer, quizás no sea necesario felicitarla por haberlo conseguido.

Quizás sería más interesante preguntarnos:

¿Por qué pensé que no podía?

Esa pregunta puede ser mucho más transformadora que cualquier aplauso.

Porque el verdadero problema no siempre está en la discapacidad.

Muchas veces está en las barreras que construimos alrededor de ella.

Una escalera puede impedir el acceso a un lugar.

Un transporte inaccesible puede impedir llegar a un trabajo.

Una mirada prejuiciosa puede cerrar una oportunidad laboral.

Pero también puede existir una barrera invisible, aquella que hace que alguien sea visto primero como “una persona con discapacidad” y recién después como trabajador, estudiante, dirigente, vecino, artista, deportista, padre, madre, amigo o compañero.

El desafío está en cambiar esa mirada.

No se trata de esconder la discapacidad para que otros se sientan cómodos.

Tampoco de convertirla en una bandera permanente.

Se trata de reconocerla como una parte de la vida, sin permitir que esa parte ocupe todo el lugar.

Las personas con discapacidad no necesitan ser héroes.

Tampoco necesitan ser víctimas.

Y mucho menos necesitan demostrar permanentemente que pueden.

Necesitan que dejemos de asumir que no pueden.

Quizás algún día una persona con discapacidad pueda participar de una reunión, hacer su trabajo, aportar sus ideas y marcharse sin que nadie considere necesario felicitarla por haber estado allí.

Ese día no habremos dejado de reconocer a la persona.

Al contrario.

Habremos empezado a reconocerla por lo que hace y por quién es, y no por aquello que suponemos que debería impedirle hacerlo.

Y entonces, tal vez, la pregunta inicial ya no tenga sentido.

No, no deberían felicitar a una persona por estar presente a pesar de su discapacidad.

Deberían valorar su presencia, su trabajo y su compromiso, exactamente como valorarían los de cualquier otra persona.

Porque la discapacidad es una parte de la historia.

Pero nunca debería ser toda la historia.

Envejecer en soledad, cuando la pobreza también se sienta en el banco de la plaza

  En los barrios la soledad de las personas mayores no puede entenderse solamente como una falta de compañía. También está  atravesada por l...