En los barrios la soledad de las personas mayores no puede
entenderse solamente como una falta de compañía. También está atravesada por los ingresos insuficientes, la vivienda, las dificultades de movilidad, el acceso a los servicios y la pérdida de redes sociales.
Hay una soledad que no hace ruido.
No aparece en los titulares, no genera grandes movilizaciones y muchas veces tampoco
llega a las oficinas públicas. Vive detrás de una puerta cerrada, en una vivienda donde una persona mayor pasa buena parte del día sola. Está en quien cuenta las monedas antes de entrar al almacén, en quien posterga una consulta médica porque el traslado cuesta demasiado o en quien dejó de participar de actividades porque ya no puede
afrontar determinados gastos.
En los barrios , la soledad de las personas mayores debe ser mirada también desde otro lugar, el de las desigualdades sociales y económicas.
Porque no todas las personas envejecen de la misma manera.
Hay quienes llegan a la vejez con una vivienda confortable, redes familiares, amigos, actividades y recursos suficientes. Pero también están quienes llegan después de toda una vida de trabajo con ingresos que apenas alcanzan, viviendas deterioradas, dificultades para trasladarse y una red afectiva cada vez más pequeña.
Y allí la soledad deja de ser solamente emocional.
Se convierte también en una cuestión social.
Cuando el dinero no alcanza
Hablar de personas mayores y de soledad sin hablar de precariedad económica es mirar solamente una parte del problema.
Una jubilación o una pensión que apenas alcanza para cubrir alimentación, medicamentos, alquiler, servicios y transporte deja poco margen para la vida social.
Salir también cuesta dinero.
Participar de una actividad puede implicar un traslado. Encontrarse con otros puede significar tomar un ómnibus. Incluso mantener determinados vínculos puede volverse difícil cuando cada gasto debe ser cuidadosamente calculado.
Así, la pobreza puede producir aislamiento.
Y el aislamiento puede profundizar otras situaciones de vulnerabilidad.
Hay personas mayores que comienzan a salir menos porque no pueden afrontar determinados gastos. Otras dejan de concurrir a actividades porque tienen dificultades para trasladarse. Algunas viven en viviendas que requieren reparaciones que nunca llegan porque el dinero no alcanza. Poco a poco, la vida social se reduce.
Y cuando la vida social se reduce, también pueden reducirse las oportunidades de ser escuchado, acompañado y tenido en cuenta.
El barrio como red de protección
Frente a estas situaciones, el barrio puede convertirse en una verdadera red de protección.
Pero para eso necesita lugares donde encontrarse.
Los centros culturales, clubes deportivos, centros comunitarios, bibliotecas, organizaciones sociales y organizaciones vecinales cumplen una función que muchas veces va mucho más allá de la actividad que anuncian en un cartel.
Un taller de memoria puede ser una excusa para conversar.
Una clase de gimnasia puede convertirse en un espacio de amistad.
Una actividad cultural puede devolverle a una persona el sentimiento de pertenecer a una comunidad.
Una reunión vecinal puede permitir detectar que alguien hace semanas que no aparece.
Un club puede convertirse, para una persona que vive sola, en una segunda casa.
Eso también es política social.
Aunque muchas veces no aparezca en las estadísticas.
Municipio G, un territorio con realidades diferentes
Hablar del territorio del Municipio G como si fuera una realidad homogénea sería un error.
Es un territorio extenso, con barrios y realidades socioeconómicas muy diferentes.
Conviven zonas con una fuerte identidad comunitaria con otras donde existen situaciones de precariedad habitacional, dificultades de acceso a servicios y vulnerabilidades que se acumulan.
En ese escenario, la vejez tampoco es igual para todos.
No es lo mismo envejecer con una red familiar cercana que hacerlo prácticamente en soledad.
No es lo mismo vivir en una vivienda adecuada que hacerlo en condiciones precarias.
No es lo mismo tener recursos para trasladarse que depender exclusivamente de un transporte que puede resultar difícil de utilizar.
No es lo mismo contar con un club, una plaza o un centro comunitario cerca que vivir alejado de esos espacios.
Por eso las políticas destinadas a las personas mayores necesitan mirar el territorio.
La edad importa, pero también importa dónde y cómo se vive.
Los clubes y centros culturales hacen mucho más de lo que parece
En muchos barrios, las instituciones comunitarias terminan ocupando espacios que el Estado, por diferentes razones, no siempre consigue cubrir. No deberían reemplazar las responsabilidades públicas. Pero tampoco podemos desconocer su importancia.
El club que abre sus puertas para una actividad gratuita, la organización vecinal que arma una merienda, el centro cultural que genera un taller, los vecinos que organizan una salida o quienes simplemente mantienen vivo un espacio de encuentro están construyendo algo fundamental, redes de pertenencia.
Y esas redes pueden ser decisivas para una persona mayor.
Porque hay algo que no aparece en ninguna planilla, sentirse esperado.
Saber que alguien va a preguntar por uno si no aparece.
Tener un lugar donde alguien conoce nuestro nombre.
Tener una actividad que nos obliga a salir de casa.
Tener un motivo para levantarse, arreglarse y encontrarse con otros.
Pero la solidaridad no puede sustituir al Estado
Aquí también hay que ser claros.
No podemos construir un discurso romántico sobre la solidaridad barrial y utilizarlo para ocultar las responsabilidades institucionales.
Los vecinos ayudan, los clubes colaboran y las organizaciones comunitarias sostienen muchísimo, pero no pueden resolver por sí solas la pobreza, la soledad, la precariedad habitacional, las dificultades de acceso a la salud o la falta de recursos para una vejez digna.
La solidaridad es necesaria.
Pero los derechos no pueden depender exclusivamente de la solidaridad.
Se necesitan políticas públicas sostenidas, recursos, equipos territoriales y una articulación real entre las distintas instituciones que trabajan en los barrios.
Y, sobre todo, se necesita escuchar a las propias personas mayores.
No decidir permanentemente por ellas.
Preguntarles qué necesitan.
No convertir a los mayores en invisibles
Existe otra forma de violencia silenciosa, convertir a una persona en invisible simplemente porque envejeció.
Dejar de preguntarle qué piensa.
Dejar de convocarla.
Hablar de ella solamente desde sus necesidades.
Suponer que ya no tiene nada para aportar.
Una persona mayor no es solamente alguien que necesita cuidados.
Es también memoria viva del barrio.
Conoce sus transformaciones, sus calles, sus personajes, sus historias y sus luchas.
Tiene conocimientos que no están en los libros.
Tiene una experiencia que ninguna aplicación puede reemplazar.
Cuando una comunidad pierde el vínculo con sus mayores, también pierde parte de su propia memoria.
La pregunta incómoda
Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no sea solamente cuántas personas mayores viven solas.
La pregunta debería ser.
¿Cuántas personas mayores viven sin una red que las sostenga?
Porque alguien puede vivir solo y estar acompañado.
Y alguien puede vivir rodeado de personas y sentirse absolutamente solo.
Por eso necesitamos barrios donde la participación comunitaria no sea un privilegio de quienes tienen recursos, donde las actividades sean accesibles y donde los espacios
públicos sean verdaderamente lugares de encuentro.
Necesitamos plazas vivas, clubes abiertos, centros culturales activos y organizaciones vecinales fortalecidas.
Pero también necesitamos políticas públicas capaces de llegar allí donde la red comunitaria no alcanza.
Que la vejez no sea una condena al aislamiento
Una sociedad se mide también por la manera en que trata a quienes envejecen.
Y quizás haya otra pregunta que debamos hacernos cada vez que vemos a una persona mayor sentada sola en una plaza, esperando un ómnibus o mirando pasar la tarde.
¿Está sola porque eligió estarlo o porque la sociedad fue cerrando, una por una, todas las puertas que la conectaban con los demás?
En el territorio del Municipio G, donde tantas veces hablamos de comunidad, participación y territorio, la respuesta a esa pregunta debería interpelarnos.
Porque construir comunidad no es solamente organizar eventos.
Es generar vínculos.
Es detectar ausencias.
Es acompañar.
Es garantizar derechos.
Es hacer que nadie tenga que elegir entre comprar alimentos, medicamentos o pagar el
transporte para encontrarse con otros.
Y es entender, de una vez por todas, que la soledad de las personas mayores no es un problema privado que ocurre detrás de una puerta. También es un problema del barrio, de las instituciones y de las políticas públicas.
Porque cuando una persona mayor queda aislada, no solamente pierde ella. También pierde la comunidad.



