APOROFOBIA
Hay debates que, más que revelar diferencias políticas, dejan al descubierto prejuicios profundamente arraigados. La reacción que generó el anuncio del Gobierno de destinar alrededor de 10.000 pesos por niño para fortalecer las políticas de primera infancia es uno de ellos.
No pasaron ni unas horas para que comenzaran las sospechas. "¿En qué van a gastar esa plata?", "¿Quién controla a esas familias?", "¿Y si la usan para otra cosa?". La pregunta parece razonable, hasta que se observa que solo aparece cuando el destinatario del dinero es pobre.
Porque cuando el Estado concede millones en exoneraciones fiscales, beneficios tributarios o regímenes promocionales para grandes empresas o sectores de altos ingresos, el interrogatorio desaparece. Nadie exige saber si esos recursos terminan financiando un viaje por Europa, un automóvil de lujo o la compra de otra propiedad. Nadie cuestiona si ese dinero se traduce realmente en empleo o desarrollo. En esos casos se habla de inversión, confianza e incentivos.
La diferencia nunca fue el dinero. La diferencia siempre fue el destinatario.
Existe una doble vara que resulta imposible ignorar. Al empresario se le presume responsabilidad; al pobre se le presume irresponsabilidad. Al primero se le entrega un beneficio esperando que genere riqueza; al segundo se le entrega una ayuda bajo la sospecha permanente de que la desperdiciará.
Eso tiene un nombre, aporofobia, el rechazo hacia quienes viven en la pobreza.
Y es una forma de discriminación tan silenciosa como peligrosa, porque transforma la pobreza en una falta moral. Se deja de discutir cómo garantizar derechos y se empieza a juzgar cómo viven quienes menos tienen. Como si haber nacido en un hogar vulnerable implicara perder el derecho a decidir sobre la propia vida.
Un niño no elige nacer pobre. Tampoco elige el barrio donde crece, la escuela a la que asiste o las oportunidades que tendrá. Sin embargo, hay quienes parecen convencidos de que cualquier política destinada a mejorar su realidad debe pasar primero por el filtro de la sospecha.
Lo más preocupante es que algunos parecen creer que las familias pobres solo tienen derecho a sobrevivir, nunca a disfrutar. Si destinan parte de sus ingresos a festejar el cumpleaños de un hijo, comprar una hamburguesa, compartir un refresco o darse un pequeño gusto, inmediatamente aparecen quienes los condenan por "malgastar" el dinero. Como si la alegría, el descanso o un momento de felicidad fueran privilegios reservados únicamente para quienes tienen una cuenta bancaria abultada.
Esa mirada deshumaniza. Reduce a las personas pobres a simples administradores de necesidades, negándoles aquello que nadie cuestiona en los demás: el derecho a vivir con dignidad.
Combatir la pobreza requiere recursos públicos, sí. Pero también exige derrotar los prejuicios que convierten cada política social en un juicio moral contra quienes la reciben.
La discusión de fondo no es si el Estado debe invertir en la infancia. La verdadera discusión es por qué algunos confían ciegamente cuando el dinero público beneficia a los poderosos, pero desconfían automáticamente cuando llega a quienes más lo necesitan.
Mientras esa respuesta siga dependiendo de la condición económica del beneficiario, no estaremos frente a un debate sobre eficiencia del gasto público. Estaremos frente a un problema mucho más profundo, una sociedad que sigue creyendo que la riqueza merece confianza y que la pobreza merece sospecha.
Y eso, además de injusto, es profundamente incompatible con una democracia que aspire a la igualdad de derechos y de oportunidades.





